A finales del siglo XIX y principios del XX existía la creencia de que los ojos grababan la última visión de una persona muerta, y que esa imagen podía recuperarse manipulando la retina.

Aunque parezca estrafalario, si tenemos en cuenta que fue una época en la que tanto la biología como la fotografía hubo avances excitantes, no es difícil entender la razón por la cual los científicos no rechazaron inmediatamente esa línea de investigación.

Particularmente, en casos en los que se hallaba el cadáver de una víctima de un crimen con los ojos abiertos y se contaba con pocas pistas, la idea de que se pudiera revelar literal y figurativamente quien había sido el asesino pues su imagen estaba guardada en el globo ocular era más que atractiva.

Esa idea tenía nombre: optografía, el proceso de revelar las últimas imágenes de la retina; las imágenes que se conseguían se llamaban optógramas.

Fue un fraile del siglo XVII llamado Christopher Schiener quien propuso por primera vez que las últimas imágenes se quedaban en los ojos de las personas y podían ser detectadas y estudiadas. Él dijo haber visto una imagen grabada en la retina de una rana que estaba disecando y, aunque no sabía cómo podía haber sucedido algo así, concluyo que era lo último que el animal había visto.

Con el advenimiento de la fotografía en la década de 1840 se hizo evidente cuán similares eran las cámaras y los ojos… tierra fértil para que resurgiera la hipótesis de que, básicamente, podíamos tomar fotos con nuestro cuerpo.

En 1876, el fisiólogo Franz Christian Boll descubrió que dentro de los bastones de la retina había un pigmento que se decoloraba al ser expuesto a la luz y se regeneraba con la oscuridad. Lo conocemos como rodopsina o púrpura visual y por ser tan sensible a la energía lumínica permite la visión en condiciones de poca luz.

Métodos poco sofisticados

En la Universidad de Heidelberg en Alemania, un profesor de fisiología llamado Wilhelm Friedrich Khüne se enteró del descubrimiento e interpretó que ese pigmento y la reacción fotoquímica podían ser lo que se usaba para preservar las imágenes en el ojo al momento de la muerte.

Pensó que si encontraba la forma de fijar permanentemente esa imagen final con químicos, se podría preservar y estudiar. Convencido de que el resultado sería valioso para las ciencias forenses, acuñó el término de optografía para el proceso y optógrafos para las imágenes y se puso en la tarea de probar su teoría.

En pos de ello, se valió de métodos poco sofisticados y crueles. Básicamente consistían en amarrar ranas y conejos para forzarlos a que miraran objetos brillantes durante largos períodos de tiempo.

Luego los decapitaba y les sacaba rápidamente los ojos, los cuales llevaba a un cuarto oscuro donde los cortaba y fijaba el pigmento de la retina con una solución de alumbre que finalmente era era bañada en ácido sulfúrico.

En uno de sus experimentos más exitosos, aparecía grabada en la retina la imagen de una ventana con sus cristales y barras que había forzado a un conejo a mirar.

Kühne, quien se convirtió en la figura más prominente en este campo y contribuyó a que la teoría se volviera más popular, continuó con sus experimentos pero eventualmente se frustró: aunque algunos daban resultado, la gran mayoría de las imágenes eran borrosas o desaparecían rápidamente después de la muerte del animal.

No obstante, en 1880 pudo hacer el experimento más crucial. Un hombre condenado a muerte por haber ahogado a sus hijos fue llevado a la guillotina. A Kühne le permitieron quitarle los ojos apenas la cuchilla cortó su cabeza.

Los procesó rápidamente y declaró que había logrado ver una imagen clara en el ojo. Aunque el optograma ya no existe, quedó una ilustración en “Observaciones para anatomía y fisiología de la retina” que Kühne publicó en 1881.

La figura posiblemente fuera la cuchilla de la guillotina, postuló. Otros especularon que podría ser la imagen de los escalones que tuvo que subir para llegar a la plataforma donde estaba la guillotina.

El caso es que el único optograma de un ser humano no es muy convincente, y sin embargo la teoría sobrevivió por al menos otras tres décadas. Llegó al punto que no era raro que la policía tomara fotos de los ojos de las víctimas de asesinatos, en caso de que se pudieran ver imágenes en ellos.

En el publicitado juicio del asesino en serie alemán Fritz Heinrich Angerstein en 1924, a quien sentenciaron a morir ocho veces, el médico forense del caso declaró que había encontrado las imágenes del asesino con un hacha en la retina de dos de sus víctimas.

La popularidad de la optografía llegó a tal punto que en ocasiones los asesinos destruían los ojos de sus víctimas por miedo a que los atraparan si sus retinas guardaban la última imagen.

Eventualmente la optografía fue desapareciendo dado que lo complicado del proceso y la inexactitud de los resultados y quedó consignada como una oscura rareza histórica del mundo de la ciencia.

Fuente: BBC Mundo

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